Un poco de fútbol y ciencia

El fútbol nos puede llevar a pensar muchas cosas sobre la actividad científica. De hecho, me ha hecho pensar muchas cosas hoy.

Como en el fútbol, en la ciencia hay una meta que se puede conseguir -o no- coordinando nuestras acciones individuales con las de acciones de otros en el marco de una actividad situada histórica y culturalmente. Ganamos cuando contribuimos -en un sentido amplio- a la sociedad.

Como en el fútbol, en ciencia tenemos más probabilidades de ganar si metemos más «goles». Los goles serían las producciones académicas y no académicas que conseguimos hacer llegar a nuestro público objetivo y/o a los que toman las decisiones en la sociedad.

Ojo, oreja, esternón: las producciones pueden ser académicas, como los «papers» o los capítulos de libros, o pueden no serlo, como cuando publicamos un video o un tweet. Todas son valiosas si nos permiten acercarnos a nuestra meta. Después de todo, todos los goles valen lo mismo.

Ahora bien, marcar un gol luego de una jugada en la que varios jugadores trenzan pases con paciencia durante varios minutos, como hace el Barcelona, no es lo mismo que tirar un centro y rematar tras el despiste de un defensa. En ciencia, la factura del gol sí marca la diferencia.

Concretamente, la forma en que se llega al gol nos ofrece una valoración cualitativa de estos. Dependiendo de quién valora, habrá una opinión. Por ejemplo, en el caso de quienes viven de la ciencia hoy se valora mucho más un artículo científico que otro tipo de producciones.

Quizá una diferencia interesante entre el fútbol y la ciencia es que si bien hay casos aislados, en la ciencia el investigador principal (IP) de un equipo es a la vez capitán y entrenador. El IP organiza y decide cómo el equipo llega al gol, pero además lo conduce en cancha.

En ciencia, la mano del entrenador -IP- se nota muchísimo. Hay equipos que llegan al gol de muchas formas y muy seguido, y otros a los que les cuesta un poco más. O sea, hay IP que intervienen en todo (pequeños Guardiolas) y otros que no tanto («a la» Valverde, ejem…).

Quienes estamos trabajando en investigación -sea del tipo que sea-, nos ponemos en manos de un IP/entrenador y formamos parte de su equipo. O, si somos los suficientemente experimentados, podemos ser IP de nuestro propio equipo.

En mi caso, yo formo parte de un equipo. Y es difícil, porque tengo que conocer muy bien mi rol dentro del equipo, mis movimientos y el sentido de mis acciones, y además debo ser capaz de llevarlo a la práctica semana a semana. Esto requiere estar siempre en contacto con el IP.

Pero no sólo eso. Además tengo que conocer el rol de mis compañeros, sus movimientos y el sentido de sus acciones, para poder coordinar con ellos y llegar con más facilidad al «gol». Uno genera automatismos, es cierto, pero esto solo se logra entrenando -y fallando- mucho.

Por si fuera poco, también tenemos que luchar con nuestro ego (¡pobres IP!). Siempre creemos que somos la estrella del equipo, pero la mayor parte del tiempo no es así. Es importante, como decía, conocer muy bien nuestro rol en relación a los demás. No todos somos Messi.

Pero, por contrapartida, tampoco Messi es Messi sin sus compañeros. Para que el Messi que trabaja con nosotros brille seguro ha necesitado que todos trencemos coordinadamente jugadas que lo acerquen al lugar desde donde decide mejor. Desde nuestros Puyoles a nuestros Iniestas.

En definitiva, el fútbol podría ser una buena metáfora para hablar de las prácticas científicas. O incluso de las prácticas educativas. Nos ayuda a entender los contextos sociohistóricos, las actividades y las experiencias de quienes trabajamos en ciencia.

Eso sí, no hay que olvidar que las metáforas son solo metáforas y que la ciencia no es un juego, sino una actividad política altamente relevante para la sociedad. Sobre todo en tiempos de crisis como los que vivimos a nivel nacional, en Chile y España, como mundial.

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