Opinión: «Los intereses de los estudiantes, una posible solución a la inequidad en las aulas»

Escrito por: Andrea Vera

 

En esta oportunidad voy a dar mi opinión sobre el artículo titulado “The material and social constitution of interest”. Este artículo fue escrito el año 2018 por Daniela DiGiacomo, Katie Van Horne, Erica Van Steenis y William Penuel, y fue publicado en la revista Learning, Culture and Social Interaction. Es posible acceder a él haciendo clic en el siguiente enlace:

 

Learning, Culture & Social Interaction

 

Mi intención es tomar como punto de partida este artículo y sintetizar algunas ideas que me he planteado al leerlo. Este artículo me ha ayudado a reflexionar sobre mi propia experiencia como docente universitario y las posibilidades de repensar algunas coordenadas de la formación en este nivel.

Al inicio de su trabajo, DiGiacomo y sus colaboradores nos plantean la siguiente pregunta: ¿qué papel desempeñan los intereses de los estudiantes en la organización de oportunidades equitativas de aprendizaje para los niños y los jóvenes? Desde mi punto de vista, buscar una respuesta a esta interrogante sin lugar a dudas es una necesidad en el Chile contemporáneo. La verdad es que encontrar una estrategia para superar la inequidad en nuestras aulas universitarias sigue siendo, incluso hoy, en 2020, un desafío ineludible.

En efecto, en múltiples niveles y en diferentes campos vemos que existe una divergencia entre la educación pública y la educación privada que se traduce en una brecha en la calidad de la educación, al menos en Chile; ¿cuál es la solución a esta inequidad? Según DiGiacomo y sus colaboradores, conocer los intereses de nuestros estudiantes, y trabajar, por lo tanto, con los recursos que éstos traen a nuestras aulas, es un paso que los puede motivar a involucrarse en sus aprendizajes y a reducir las brechas. Lo anterior, nos emplaza a considerar y conocer los intereses de los estudiantes para planificar y elegir estrategias pedagógicas que favorezcan que todos los participantes, sin excepción, aprendan. Esto disminuiría las brechas que existen hoy en gran parte de las aulas.

En los programas del área de la salud, en los que por años me he desempeñado como docente universitario, el modelo de enseñanza aún está anclado al método tradicional de impartir cátedra y “entregar” contenidos que puedan ser útiles en la práctica profesional. En este sentido, no se le da la atención que requiere al paso previo, es decir, a la identificación del tipo de estrategia a utilizar para generar un aprendizaje significativo. Por lo demás, no existe formación especializada, lo que probablemente influye bastante en que las formas de enseñar se perpetúen en el tiempo. Cambiar esta realidad depende de la formación de los docentes en educación. Y para que la formación sea efectiva debe centrarse en el aprendizaje de los estudiantes. Más específicamente, debe centrarse en promover que éstos sean capaces de construir y mantener intereses personales que le vehiculen a aprender. O, al menos, esto es lo que entiendo del artículo de DiGiacomo y sus colaboradores.

¿Qué nos dicen sobre los intereses? En su artículo, los autores adoptan una perspectiva que vincula el interés con la práctica en los que estos intereses emergen y se desarrollan, igual que ocurre en el caso de otros estudios similares (Azevedo, 2011; Barron, 2006). Gracias a esto, podemos conocer la evolución de los intereses en el tiempo y relacionarlos con las vidas cotidianas de los jóvenes. En efecto, sus intereses son fruto de todas las prácticas en las que participan, no sólo educativas. Los intereses emergen y se desarrollan a partir de las interacciones sociales y culturales que se generan en un momento histórico determinado.

 

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Más allá de los intereses, también hablan de la relación entre éstos y el aprendizaje. De ahí que me llame profundamente la atención lo que los autores llaman los aprendizajes “impulsados por el interés”. Sin embargo, en la educación superior -y me atrevería a decir que en la educación en general- todavía estamos muy lejos de tener en cuenta estos intereses como motores para el aprendizaje; por el contrario, parecemos más preocupados de que nuestros estudiantes puedan ser competitivos en la sociedad, una sociedad que valora más que éstos adquieran “aptitudes para el siglo XXI” desde una perspectiva más utilitaria y de mercado. Y entonces, los profesores nos enfrentamos a un terrible dilema: ¿los estudiantes deben desarrollar sus intereses o ser competitivos?

Si intentamos responder esta pregunta como docentes universitarios, teniendo en cuenta los argumentos de DiGiacomo y sus colaboradores podríamos afirmar que, si llegamos a conocer los intereses de los estudiantes, y si conseguimos lograr que éstos sean compatibles con los contenidos indispensables de una asignatura, no tendríamos que elegir entre una alternativa u otra. Por el contrario, podríamos utilizar estos intereses para que los estudiantes consigan estar más preparados y lleguen a ser más competitivos en el futuro. No obstante, hay una serie de condicionantes que dificultan esto: la falta de espacios para conocer a nuestros estudiantes, la falta de tiempo, la sobrecarga laboral, etc. Probablemente, todas estas condicionantes -y otras- nos obligan a pensar que en la realidad es muy difícil trabajar con los intereses de los estudiantes. Pero me rebelo: personalmente me gustaría utilizar los intereses de mis estudiantes para que sus aprendizajes sean significativos, para que puedan ser un aporte para su sociedad más allá de mi aula.

Según DiGiacomo, es importante tener en cuenta esta dimensión temporal de los intereses. Efectivamente, el desarrollo y la mantención de los intereses es un fenómeno que se despliega en el tiempo, dependerá en buena medida de la naturaleza y la calidad de las experiencias personales de los estudiantes. Asimismo, hay otro factor clave que influye en la mantención y el desarrollo de los intereses a lo largo del tiempo: las relaciones con los otros. Las relaciones con la familia, los amigos, los compañeros y otros son clave porque son ellos quienes brindarán el apoyo material para que los intereses se desarrollen. En este sentido, es importante no olvidar la naturaleza sociocultural e histórica de los intereses.

Estrechamente vinculado con lo anterior, es relevante tener en cuenta que los intereses de los jóvenes dependen, también, de la forma en que razonan y atribuyen valor a sus intereses en relación con lo que perciben como las condiciones de su vida a corto y largo plazo. En otras palabras, los intereses también dependen de la capacidad de tomar decisiones sobre el propio proceso de aprendizaje. Cada persona identifica sus propios intereses, decide cuáles desarrollará a lo largo de su vida y tomará decisiones que definirán si estos finalmente se utilizan o se silencian. En mi experiencia, hay muchos estudiantes que tienen muy claros sus intereses, pero que en algún momento de su trayectoria optaron por encajar en el modelo social establecido y los ahogaron. Cada persona tiene la libertad de optar si trabajar o no sus intereses. Pero volviendo a la perspectiva de los intereses como un asunto colectivo, sociocultural: ¿no sería lo ideal que los niños y los jóvenes contaran con la guía necesaria, por ejemplo por parte de un docente, para nutrir sus intereses, compatibilizarlos con su formación y utilizarlos en su beneficio?

Volviendo al punto de inicio de esta entrada, los estudiantes que participaron en el estudio de DiGiacomo y sus colaboradores fueron entrevistados con la finalidad de identificar su toma de conciencia sobre sus intereses, incluyendo cómo y por qué se involucraron inicialmente en las prácticas en las que dichos intereses emergieron, y de reconocer qué papel juegan actualmente sus intereses en su vida cotidiana. Los resultados son muy interesantes: los jóvenes participan en actividades o programas relacionados con sus intereses, que van desde las ciencias exactas hasta las artes. Esto es lógico si tenemos en cuenta que la investigación se llevó a cabo en países donde los jóvenes tienen acceso a programas educativos y/o comunitarios en los que pueden desarrollar sus intereses y contar con diferentes apoyos que son inexistentes en otras realidades, como la chilena. Sería desafiante estudiar a jóvenes que no han logrado identificar y/o materializar sus intereses, de modo de pesquisar cuales serían los desencadenantes y factores sociales que actúan como facilitadores o limitadores de su formación.

En definitiva, todavía existe una brecha importante derivada de las inequidades económicas presentes en nuestras sociedades, y en particular en la sociedad chilena, pues el que más posee tiene mayor acceso a construir y/o desarrollar sus intereses. Incluso podríamos ser más negativos y podríamos deducir que el acceso a la educación no está garantizado para todos, por lo que resulta difícil pensar en acceder en programas que potencien los intereses de las personas. Esto, sumado a la atención en la adquisición de competencias, especialmente en educación superior, representan un escenario complejo para el cambio y la mejora educativa. Centrar la educación en los intereses de los estudiantes sin lugar a dudas requiere un cambio completo de paradigma. Y, también, y más importante aún, un salto de fe; los docentes tenemos que dar un salto y probar nuevas estrategias pedagógicas que tengan en cuenta los intereses de nuestros estudiantes.

 

Referencias

Azevedo, F. (2011). Lines of practice: A practice-centered theory of interest relationships. Cognition and Instruction29(2), 147-184. https://doi.org/10.1016/j.lcsi.2018.04.010

Barron, B. (2006). Interest and self-sustained learning as catalysts of development: A learning ecology perspective. Human development49(4), 193-224. https://doi.org/10.1159/000094368

 

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