Opinión: «La investigación como un trabajo: de la lucha contra la precarización a la promoción de la dignidad»

En Chile, el país en el que nací, es evidente la creciente y progresiva precarización de los trabajos que incluyen actividades de investigación. En efecto, no hay que levantar demasiadas piedras para encontrar testimonios de investigadores e investigadoras que trabajan más horas de las que les corresponden, que se llevan trabajo hasta su hogar los fines de semana, que dedican poco tiempo a sus familias o que reciben sueldos sensiblemente bajos.

Por desgracia, cuando uno intenta ver más allá de cada árbol seco sólo se encuentra con un bosque que lleva años marchitándose. Tanto las políticas públicas como el propio ecosistema social en este campo se caracterizan, entre otras cosas, por la escasez de recursos para investigar, por la promoción de actividades de investigación solitarias y, a veces, abusadoras, y por una marcada tendencia a la competitividad entre investigadores. En Chile, tener un trabajo en investigación que no sea precario es un privilegio que está solamente al alcance de un grupo muy reducido de personas.

Ante este escenario, pareciera que hay, al menos, tres cursos de acción posibles. El primero es asumir que esto es -y ha sido siempre- así y que no tiene mucho sentido cambiarlo. Que no se debe hacer nada, y que es parte de la vida que algunos (generalmente algunos, y casi nunca algunas) tengan mejores trabajos. Que si queremos llegar a tener uno de esos trabajos tenemos que esforzarnos durante un buen tiempo, y tenemos que llegar con nuestros propios medios.

El segundo curso potencial de acción consiste en tomar la decisión de asumir activamente la tarea de mejorar uno o varios puntos de nuestros trabajos y del sistema en su conjunto. La mejora, desde esta perspectiva, puede ocurrir a través de acciones concretas en nuestros propios lugares de trabajo, o de acciones grupales que apunten a mejorar las políticas públicas actuales. La idea a la base de esta forma de pensar es que el sistema sigue siendo la mejor alternativa posible, pero no está implementado como corresponde. En mi opinión, esta forma de pensar es riesgosa porque que nos moviliza, esa decir, nos invita a ser agentes de un cambio. Y como el cambio que se propone es en el nivel de los medios o de la estrategia, y no de los fines o del sentido, su desenlace lógico es un escenario idéntico, o muy parecido, al actual. En definitiva, tratamos de cambiar para que nada cambie.

Ahora bien, y como dije antes, hay un tercer curso de acción. Esta tercera opción consiste no en mejorar, sino en transformar la ideología que subyace tanto a nuestras prácticas como al sistema en su conjunto. Aquí, uso la manoseada palabra ideología para aludir a aquellos ideales que tenemos sobre los parámetros de las actividades de investigación, es decir, sobre qué significa hacer investigación, cómo se hacen las investigaciones y quién o quiénes hacen las investigaciones. Quienes defendemos esta tercera opción estamos convencidos de que no basta con ir resolviendo los problemas que enfrentan los investigadores de postgrado en la actualidad. Más importante aún, es indispensable imaginar nuevas formas de hacer y de pensar la investigación, que promuevan y fomenten el esfuerzo y la actividad grupal, las prácticas interpersonales respetuosas y solidarias, la apertura, la interdisciplinariedad y la equidad.

El punto de partida de este camino es, para mí, diferenciar entre, por una parte, el trabajo “no precarizado” y, por otra, el trabajo “digno”. En efecto, hay que luchar contra toda circunstancia, evento y trabajo precario. Pero no basta. Además, hay que proponer alternativas -que son ideológicas, pero obviamente también deben ser prácticas- basadas en el principio de que todo trabajador y toda trabajadora en el campo de la investigación (inter)disciplinar, científica y/o artística debe asumir su práctica laboral cotidiana como una actividad que potencia a su propia comunidad y al sistema y que, a la vez, le recompensa en términos sociales, económicos, familiares y humanos.

El desafío más importante radica en definir qué características debe tener un contexto de actividades de investigación como éste, es decir, un trabajo digno. Y tan importante como lo anterior: ¿quién, y cómo, podría asegurar que estos trabajo tengan esas características?

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