Ficha bibliográfica: «El cerebro social», por Jeymy Aguilera

 

*Escrito por Jeymy Aguilera

 

El presente texto parte mencionando que el antropólogo británico, Robin Dunbar, fue el autor que planteó la hipótesis del “cerebro social”, debido a que estudió la conducta de 38 especies de primates, y evidenció una correspondencia entre el tamaño del neocórtex y la interacción de dichos primates con amplios, y complejos, grupos. Para especificar, el autor plantea que las diferencias no sólo se observan en el tamaño del neocórtex, sino que también se evidencian en las diferencias de volumen del tejido nervioso que envuelve los hemisferios cerebrales, dotándolos de distintas funciones representativas.

El autor refiere que tal hallazgo es a consecuencia de la evolución (los cambios que se producen en la sociedad), puesto que la vida en grupos, con intensas y complejas interacciones individuales y sociales, demandan “desarrollar recursos e interconexiones neuronales que pasan a conformar un córtex más complejo y (…) de mayor tamaño” (Dumbar, 2005, p.2), es decir, desarrollar un sistema nervioso central más complejo, que ha respondido a la ardua construcción de habilidades relacionales intra e interpersonales.

Según el texto, un medio ambiente externo se construye mediante el desarrollo, y la expresión, de emociones, a través de la comunicación, la coordinación, los tipos de relaciones, y las formas de solucionar diversas problemáticas. Tales características, en definitiva, dependen del sentido de pertenencia a un grupo, esta es la clave para que se generen distintas demandas y restricciones comportamentales.

En tal sentido, la evolución ha propiciado que las características del medio interno del ser humano co-evolucione con el medio externo. Así, ha constituido también el desarrollo del neocórtex, sus determinadas características estructurales que posibilitan el desempeño de diversas funciones. De acuerdo con esto, una “vida social conduce y requiere una cognición social”. Por ejemplo, reaccionamos de manera distinta si se aproxima un objeto o una persona. De acuerdo con esto, es posible inferir que la relación existente entre nuestras capacidades cognitivas y las demandas del medio social, parecen revelar que nuestro cerebro evolucionó “hacia un mayor tamaño y desarrollo (…) para hacer frente a los retos impuestos por el entorno social” (Dunbar, 2005, p.3).

Por otra parte, otra hipótesis interesante del texto hace referencia a que el lenguaje humano es un “sustituto del acicalamiento de los primates” (en el acicalamiento se segregan endorfinas, se producen relaciones de mutua confianza, y se estrechan lazos sociales, cosa similar a lo que ocurre con el lenguaje humano, a través de, por ejemplo, la risa, los gestos, la expresión verbal de afecto, etc.), y que no es una mera forma de intercambiar información. En este sentido, el lenguaje va más allá de lo natural, es decir, va llenando de emociones humanas nuestro entorno.

En resumen, Dunbar (2005) refiere que:

(1) Hay consenso en el desconocimiento de nuestros orígenes (pasado evolutivo), es decir, “sobre los aspectos sociales y psicológicos de nuestros ancestros fósiles” (p.4).

(2) El límite cognitivo de personas, con las que podemos mantener una relación estable, es de 150 aprox. esto se justifica a través de “una ecuación que relaciona el tamaño del grupo con el del neocórtex (del cerebro) en los primates, (…) y de la existencia de un nivel de agrupamiento social de este tamaño en los seres humanos (… redes sociales personales, tamaños de aldeas en los siglos pasados, etc.)” (p.4).

(3) Los sentimientos morales surgieron para permitirnos gestionar y mantener las complejas relaciones y grupos sociales. La conciencia y el sentido moral pueden ser mecanismos admirables para obtener beneficios, mediante la cooperación social, sin engaños.

(4) “Compartimos muchos aspectos de nuestro mundo social con otros primates, y especialmente con los grandes simios. Uno de ellos es el hecho de que nuestro gran éxito en la evolución se basa en una intensa forma de vida social” (p.6). No obstante, las diferencias radican en el tamaño de la comunidad con la que nos interrelacionamos, y, a su vez, con los conocimientos necesarios para hacerlo. Esta cognición está especialmente relacionada con las habilidades mentales (capacidad de imaginar otros mundos y otras mentes, por ejemplo, nosotros podemos crear literatura, teatro, y hacer ciencia).

(5) “El lenguaje evolucionó para ayudarnos a mantener unidas las grandes comunidades sociales” (p.6). Quizás la música sirvió de precursor de la lengua.

El autor finaliza el texto mencionando que no se tiene tanta claridad de lo que realmente son las relaciones, por ello, es un aspecto interesante de investigar (comparar la relación de una persona con la de otra para observar cómo influencian su aptitud y conducta adaptativa).

A grandes rasgos, el texto me pareció comprensivo desde el punto de vista de cómo surge la concepción del cerebro social, y las influencias que ejercen las demandas ambientales/sociales, lo evolutivo, a nivel neurobiológico. Sin embargo, creo que queda al debe con dar un esclarecimiento preciso del término Cognición Social (CS), ya que, si bien da luces al referir que las relaciones sociales (intra e interpersonales) están estrechamente vinculadas, y que tiene que ver también con capacidades mentales de imaginar otras mentes, no se logra entender totalmente el concepto. Desde el punto de vista de la neurociencia, la CS “aporta evidencias sobre cómo el cerebro es capaz de procesar la información social y a partir de este procesamiento, generar conductas apropiadas según cada situación; (…) las emociones aportan información relevante acerca de los pensamientos y comportamientos de otras personas, permitiendo conducir efectivamente las interacciones sociales” (Escudero et al., 2015, p.172). Para especificar más, según Yáñez-Téllez y Hernández-Torres (2019) la CS incluye el reconocimiento de emociones (habilidad para reconocer, comprender y etiquetar verbalmente estados emocionales), lenguaje pragmático (entendimiento y uso de aspectos del contexto durante la comunicación, a modo de entender el uso socialmente apropiado del lenguaje para contextos relevantes, como saludos, expresiones de gratitud, realizar solicitudes y responder preguntas), la prosodia afectiva (uso de las características no lingüísticas del discurso para producir y percibir las emociones, contribuyendo a la comunicación efectiva y el funcionamiento social), y la teoría de la mente o ToM (habilidad para atribuir estados mentales a uno mismo y a los demás, para predecir y comprender las conductas de las personas).

Ahora bien, considero que es un texto importante para integrar tanto el campo sociológico, como neurológico, que muchas veces está en disputa. Cierro mi reflexión final mencionando que es importante para mi práctica, y futuro, profesional vincular ambos campos, puesto que el ser humano es un ser integral, no lo determina únicamente lo social, ni tampoco lo biológico, es un conjunto interrelacionado de aspectos biológicos, psicológicos, emocionales, espirituales, sociales y culturales. A estas alturas, es trascendental y necesario terminar con las dicotomías y con los reduccionismos que han marcado el camino teórico y práctico a través de la historia, para ir avanzando hacia una trayectoria cada vez más integral.

 

Referencias

Dunbar, R. (2005). El cerebro social. Magíster en docencia para la educación superior, 2-7. https://kopher. wordpress.com/2015/03/01/el-cerebro-social/

Escudero, J. M., Pineda, W. F., Mercado, M. H., & Vásquez, F. J. (2015). Inteligencia emocional y buentrato desde la perspectiva de los estilos de vida saludable para la convivencia pacífica. Capítulo 7, 155-182. https://repository.ucc.edu.co/handle/20.500.12494/1059

Yáñez-Téllez, M. G., & Hernández-Torres, D. (2019). Cognición social en niños con trastorno por déficit de atención con hiperactividad: Una revisión narrativa de la literatura. Archivos de Neurociencias, 24(2), 43-58. http://valoragregado.org/neurociencias/index.php/ADN/article/view/177

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