Ficha bibliográfica: «Emotions, social activity and neuroscience: The cultural-historical formation of emotion», por Jeymy Aguilera

 

*Escrito por Jeymy Aguilera

 

En el presente texto, el autor brinda una crítica al modelo teórico/psicológico cognitivo-conductual, con respecto a la gran temática de las emociones, argumentando que ya no es sostenible para las neurociencias, en la actualidad, observarlas desde dicho enfoque. En específico, Burkitt divide su artículo en varios apartados, en el primero, introduce el tema manifestando que recurrirá a dos grandes teóricos de la Psicología Histórico-Cultural, A. N. Leóntiev y A. R. Luria (quienes fueron influenciados por el fundador de esta escuela, L. S. Vygotsky), para argumentar que, si bien la neurobiología es importante para cualquier comprensión de la emoción, se busca un modelo alternativo de neuropsicología en donde se integren tanto los aspectos biológicos, como los sociales, culturales e históricos en su concepción, es decir, y en específico, Burkitt (2019) plantea que ambos autores refirieron que la actividad social, especialmente en forma de trabajo y comunicación lingüística, desempeña un papel esencial en la formación de la conciencia y la emoción humana.

Así, bajo dicho marco teórico, el autor plantea en el segundo apartado, “Neurociencia y evolución de la emoción”, algunas concepciones de la emoción en las neurociencias, con el objetivo de contrastarlas. A grandes rasgos, se indica que, en las neurociencias, una corriente popular es la que entiende a la emoción como generada por sistemas neuronales, y procesos cognitivos, formados en los seres humanos a lo largo de su evolución, con una finalidad de supervivencia y regulación homeostática del cuerpo. Desde esta perspectiva, la distinción que se hace entre emoción y sentimiento es que la primera es a consecuencia de un procesamiento inconsciente (producido en los sistemas cerebrales), mientras que el segundo sería la conciencia de la emoción que surge sólo en determinadas circunstancias. En otras palabras, aquí las emociones son respuestas conductuales instigadas por mecanismos cerebrales innatos que se activan automáticamente con la aparición del estímulo ambiental o cognitivo, es decir que, las emociones (ya sean “primarias” o “secundarias”) están biológicamente determinadas.

Lo expresado en el párrafo anterior lleva a una problemática relevante: la falta de reconocimiento del mundo social, cultural e histórico en el que actúa el ser humano. Por ello, en el tercer apartado, “La evolución del cerebro en actividad: mente, conciencia y emoción”, el autor menciona que Rose, un neurocientífico moderno que concuerda con el pensamiento de los teóricos de la actividad, Leóntiev y Luria, se resiste, al igual que ellos, a reducir la «mente» (o la conciencia) al funcionamiento interno del cerebro, separada de la actividad de la especie humana en el mundo. En este sentido, según el autor, para Rose en distintos momentos de la vida, y dependiendo de la cultura, se desarrollan diferentes conductas en los niños, lo que requiere de diversas habilidades/capacidades que sólo surgen en ciertos contextos culturales. Dentro de estos contextos, las conexiones sinápticas del cerebro se moldean, se agudizan o se podan, a medida que los niños actúan en respuesta al mundo social externo, especialmente a través de la orientación y el compromiso con otras personas. Dicho de otro modo, la «mente» se considera inseparable de la actividad (que nos relaciona con las cosas/objetos de interés en el mundo social), y las emociones también forman parte de ella. Por ejemplo, la conciencia ha sido alterada por la ciencia, el arte y la política, cambiando la forma en que pensamos y actuamos sobre el mundo; esto lleva a Burkitt (2019) a afirmar que el comportamiento emocional también se ve esencialmente alterado por la cultura y la historia.

Ahora bien, para profundizar en las ideas de los teóricos de la psicología histórica-cultural, primero hay que entender que, según los postulados de Marx y Engels (como se citaron en Burkitt, 2019), la actividad humana es estructurada por las relaciones sociales que los seres humanos entablamos para producir los medios de subsistencia (satisfaciendo diversas necesidades históricas), y para lograr eso utilizamos las herramientas, que son creadas como un medio para relacionarnos con la naturaleza, los objetos, y otras personas. De acuerdo con esto, los signos y el lenguaje (p. e. el habla) son las herramientas (el medio) a través del cual organizamos las relaciones y las actividades sociales. Es importante destacar que, para Leóntiev (como se citó en Burkitt, 2019), el lenguaje es un conjunto de significados simbólicos, y el habla es el uso del lenguaje como herramienta de comunicación que cambia tanto la actividad humana como la neuropsicología, es decir, que son los dos medios de las relaciones e interacciones humanas, y a través de éstas, nos apropiamos psicológicamente del patrimonio social. Para este teórico, la cultura también posee una definición diferente a la tradicional de las neurociencias (valores y creencias), puesto que la concibe como prácticas, actividades socialmente organizadas, que se centran en el trabajo y el lenguaje socialmente significativo, formando procesos interpsicológicos que se convierten en intrapsicológicos. Es esta actividad social (y la conciencia histórica) que crea la interconectividad neuronal del cerebro y el sistema nervioso a través del desarrollo de cada individuo. En síntesis, para Leóntiev, la experiencia emocional sólo emerge en la actividad histórica con el desarrollo de la mente humana, porque, en nuestro caso, a diferencia de otros animales, dependemos del lenguaje y de la tecnología de nuestra cultura, en vez de los instintos (dentro de las relaciones sociales, la actividad está mediada por el lenguaje y la tecnología); esto significa que las emociones y los sentimientos fenomenales estructuran la neurobiología, ya que son el resultado de la actividad que tenemos en el mundo.

Lo anterior da paso al cuarto apartado “A. R. Luria: Acción, habla y emoción”, ya que para ambos autores (Leóntiev y Luria) lo que es fundamental para la formación de la conciencia, emoción, y sentimiento, es el habla (y otras formas simbólicas de actividad). Sin embargo, es importante resaltar que para Luria, el lenguaje, además de ser un instrumento de uso (habla), es también un instrumento interno para organizar y coordinar los procesos mentales y las funciones cerebrales. Más en detalle, en el planteamiento de Luria (como se citó en Burkitt, 2019), el cerebro se considera un «cerebro de trabajo«, es decir, que forma parte de un cuerpo situado en el mundo y que su función es la de realizar, literalmente, tareas (trabaja para conseguir los objetivos, sociales/culturales e históricos, de la actividad humana). De acuerdo con esto, al igual que Leóntiev, Luria refiere que ninguna zona, o función, del cerebro trabaja de forma aislada, porque todas forman parte de un sistema global (interconectado neuronalmente). En resumen, el habla es fundamental para las funciones mentales superiores, puesto que cuando empieza a dominarse e interiorizarse en la primera infancia, se convierte en el principio organizador de la actividad humana y de los procesos mentales/neuronales (en palabras de Luria, además, es un método para regular la conducta, ya sea propia y/o ajena). Por ejemplo, cuando dominamos el habla en la infancia, ya no percibimos y recordamos únicamente a través de señales visuales, sino que éstas se fusionan con las palabras. En este sentido, “vemos con las palabras” (p. e. imaginamos las cosas cuando nos la mencionan), como con los ojos, porque los centros visuales y lingüísticos del cerebro trabajan como una unidad funcional, lo que es el resultado de años de actividad de desarrollo.

Tal idea de Luria sobre “ver con las palabras”, es la primera reflexión que quiero realizar del texto, y es que lo puedo integrar con lo que he aprendido hasta ahora de la última etapa de la vida de Vygotsky, cuando retoma sus primeros postulados sobre psicología del arte para hablar del aspecto generativo, creador, del ser humano (olvidado en su etapa más instrumental, cuando, por ejemplo, decía que el pensamiento del ser humano es un reflejo de la sociedad). En este sentido, considero que la frase “ver con palabras” no tan sólo ilustra la capacidad de imaginar y proyectar la realidad que conocemos, sino que también la que podríamos llegar a conocer, o incluso, la que quisiéramos que existiera, puesto que también somos capaces de imaginar lo que no conocemos, es decir, de «crear«.

En tal sentido, considero que el término “perezhivanie” debería ampliarse (si es que ya no lo está) tomando en cuenta esta variable, es decir, que no sólo se deberían considerar las experiencias emocionales vivenciadas en un determinado contexto (en las que ocurren diversas relaciones y actividades), percibidas y apropiadas de manera diferente por cada persona (Fleer et al., 2017; Veresov, 2017), sino que también se debería considerar la diversidad de mundos que imagina y/o crea en su dominio interno, ya sea que lo proyecte como una realidad que conoce, o no, puesto que tal visualización mediante las palabras constituye necesariamente una experiencia vital construida/ transcurrida.

En cuanto a mi segunda reflexión, ésta surge en el apartado de discusión del texto, cuando se menciona que Luria refiere que toda actividad y movimiento tiene algún elemento de emoción o sentimiento en él, al igual que tiene un elemento de razón. En este sentido, la emoción es una expresión integrante de una acción, que toma su significado y sentido de las pautas de actividad y relaciones en sociedad. Con estas palabras me fue inevitable no recordar a Humberto Maturana, porque es exactamente lo que él pensaba cuando decía que las emociones son “disposiciones corporales dinámicas que definen los distintos dominios de acción en que nos movemos” (Maturana, 2001, p. 7), es decir que, cuando uno cambia de emoción, también cambia de dominio de acción. En otras palabras, cuando estamos bajo cierta emoción hay cosas que podemos hacer y otras que no; y esto siempre aplica en el ámbito de nuestras relaciones con los demás (aceptamos como verdaderos algunos argumentos que6 no aceptaríamos bajo otras emociones). En este sentido, para Maturana (2001) “todo sistema racional se constituye en el operar con premisas aceptadas a priori desde cierta emoción” (p. 7).

Ahora bien ¿para qué sirven estas reflexiones en mi práctica profesional? Precisamente, para vincular e integrar teorías, ya que bajo el hilo argumental de mis fichajes anteriores, quiero para mi futuro profesional enlazar el mundo de la biología y la sociología. Más detalladamente, me interesa observar las neurociencias y la neuropsicología sin apartar el mundo sociocultural e histórico, puesto que, al igual que Maturana y Vygotsky, considero que somos seres biológicos, culturales y emocionales entrelazados a partir de la construcción creativa de significados compartidos (Laboy, 2019).

 

Referencias

Burkitt, I. (2019). Emotions, social activity and neuroscience: The cultural-historical formation of emotion. New Ideas in Psychology, 54, 1-7. https://doi.org/10.1016/j.newideapsych.2018.11.001

Fleer, M., González Rey, F., & Veresov, N. (2017). Perezhivanie, Emotions and Subjectivity: Setting the Stage. En M. Fleer, F. González Rey, & N. Veresov (Eds.), Perezhivanie, Emotions and Subjectivity: Advancing Vygotsky’s Legacy, 1-15. Springer. https://doi.org/10.1007/978-981-10-4534-9_1

Laboy, J. (2019). Algunas similitudes en el pensamiento de Lev S. Vygotsky y Humberto Maturana. Revista de Psicología, 8(16), 63-72. https://erevistas.uca.edu.ar/index.php/RPSI/article/view/2432

Maturana, H. (2001). Emociones y lenguaje en educación y política. Dolmen.

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